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La macabra historia de la Universidad que le daba «tranca» a los indigentes

A LA 1:30 DE LA MADRUGADA DEL SÁBADO 29 de febrero de 1992, cuando los barranquilleros estaban metidos en las casetas y los clubes sociales gozando de las fiestas del carnaval, los indigentes de esta ciudad recorrían las desiertas calles en busca de desechos para vender a la mañana siguiente en las bodegas de Barlovento, donde operan las empresas de reciclaje de cartón y lata.

A LA 1:30 DE LA MADRUGADA DEL SÁBADO 29 de febrero de 1992, cuando los barranquilleros estaban metidos en las casetas y los clubes sociales gozando de las fiestas del carnaval, los indigentes de esta ciudad recorrían las desiertas calles en busca de desechos para vender a la mañana siguiente en las bodegas de Barlovento, donde operan las empresas de reciclaje de cartón y lata.

A LA 1:30 DE LA MADRUGADA DEL SÁBADO 29 de febrero de 1992, cuando los barranquilleros estaban metidos en las casetas y los clubes sociales gozando de las fiestas del carnaval, los indigentes de esta ciudad recorrían las desiertas calles en busca de desechos para vender a la mañana siguiente en las bodegas de Barlovento, donde operan las empresas de reciclaje de cartón y lata.
Indigentes eran llevados hasta el pasillo de la muerte. Foto: vtactual.co

Uno de ellos era Oscar Hernández, un joven de 24 años que desde hace dos es cartonero «indigente». Esa madrugada pasaba frente a las instalaciones de la universidad cuando fue abordado por un hombre que vestía camisa roja y que se encontraba en la puerta del plantel educativo.

Relato del «indigente»

«Me gritó: -Negro, ¿tú recoges cartón? Allá atrás, en uno de los patios hay una montaña de cajas, entra y llévatelas. El hombre me abrió la puerta y me indicó con la mano hasta dónde tenía que ir. Con él estaban otras cuatro personas que me dijeron que me llevara todo lo que me sirviera. Cuando me agaché para recoger las cajas me descargaron un garrotazo en la cabeza. Me fui de cara al piso y quedé aturdido. Me seguían pegando. Otro me dio un garrotazo en un brazo y grité del dolor. Así continuaron golpeándome por unos minutos. Luego uno de ellos dijo: ahora peguémosle un tiro, y oí cuando disparó el arma. Quedé tirado en el piso, pero sentí que todavía estaba vivo. Entonces pensé que si me quería salvar me tenía que hacer el muerto.

Me arrastraron por el piso y me llevaron a un cuarto frío, me subieron a una mesa de aluminio y uno de ellos dijo: este ya huele a cartón. Nos falta uno para completar la cuota. Luego salieron y cerraron la puerta.

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Yo permanecí quieto, sin moverme, pensé que alguien me estaba cuidando. De pronto comencé a oír gritos, quejidos y muchos golpes. Unos minutos después abrieron otra vez la puerta y vi cuando arrastraban a otra persona. La subieron en otra mesa donde había un enorme cuchillo. Uno de ellos dijo: ahora sí estamos listos, hay que empezar ya. Manos a la obra. Pero otro de ellos contestó: aguantemos. Ya están aquí, podemos dejar el resto del trabajo para toda la noche de mañana. Siguieron discutiendo y por fin decidieron irse. Cerraron las puertas, apagaron las luces y se marcharon. – Relato del «indigente».

Continua la historia viendo la crónica de Ernesto McCausland sobre la masacre de los «indigentes»:

Tomado de Semana

 

Redacción SB Editor
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